1990. Como a casi todo en esta vida, también llegué tarde a los Dictators. El refrán dice que "nunca es tarde si la dicha es buena", así que vamos al lío. Poniéndonos en antecedentes hay que retroceder a mediados de los años '70 con la creación de Dictators y sus múltiples cambios de formación, una constante en la vida de la banda. Tras tres sobresalientes discos de estudio ("Go Girl Crazy!" -1975-, "Manifest Destiny" -1977- y "Bloodbrothers" -1978-), la banda se separa por, bueno, lo de siempre, desavenencias entre sus miembros. Cada uno tira por su lado, Manitoba de taxista, Shernoff como productor, pero lo más curioso es que Ross Friedman, el guitarra, más conocido como Ross The Boss, tras un breve paso por la banda francesa Shakin' Street, forma junto con Joey DeMaio la ultrametalera banda Manowar, donde pudo practicar el rol de guitar hero hasta hartarse. Un cambio curioso visto desde la perspectiva actual, aunque no hay que olvidar que Manowar (un día de estos los reivindicaremos, ¿qué te apuestas?), a pesar de ser relacionados con el metal más ortodoxo, tuvieron unos comienzos bastante rockandroleros (dentro de lo que cabe). En 1986 y desde entonces de manera ocasional, Manitoba se reunió con Shernoff y Daniel Rey en la banda Wild Kingdom. Al dejar Manowar tras el álbum "Kings Of Metal" (1988) Ross The Boss entra en la formación en sustitución de Rey. Con la adición de J.P. "Thunderbolt" Patterson a la batería, la banda pasa a llamarse Manitoba's Wild Kingdom y ya está liada de nuevo. Poco después se publica este primer y único disco que puede ser considerado por derecho propio, por sonido y por formación, como el cuarto álbum de Dictators. Con una portada no exenta de polémica (la foto está extraida de un póster de reclutamiento nazi) que no aclara nada sobre el contenido del disco, nos adentramos en una sucesión de riffs punkrockeros en la más pura línea Dictators, canciones coreables y diversión rockera. Pero, ay, llegados a la mitad la cosa se pone incluso mejor. El amigo Ross se debió traer unos riffs de los del taparrabos y el sonido se endurece de una manera considerable. Casi como tener dos discos en uno. Tiene una pega el disco, una sola, y es que se hace muy pero que muy corto (poco más de 26 minutos) y no será extraño que se acabe y le vuelvas a dar otra vez al play (o la vuelta). Incluso una tercera que es por la que voy yo. Ya digo que engancha. A pesar de ser acogido de manera excelente por crítica y público el grupo se vuelve a romper (y vuelve a reencarnarse en Dictators) y, bueno, aquí me quedo, que por hoy ya está bien. Discazo, pero discazo guapo. Palabrita de Mondongo.
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